Quienes conocen el tenor de mis artículos habrán notado una firme defensa de los valores del ideario liberal y un apoyo a su puesta en práctica tanto en España como en los Estados Unidos de América, modelo y ejemplo de todas las constituciones democráticas del mundo. Desde la más honesta voluntad de que se aclare toda la verdad, y a la luz de los datos que vamos conociendo, quien esto suscribe está convencido, al igual que muchos españoles, de que entre el 11 y el 14 M existió una turbia manipulación política que necesita ser aclarada. Los indicios apuntan a varios individuos pertenecientes o ligados al entorno del Partido Socialista en su afán de aprovechar el miedo de la ciudadanía para acabar con el gobierno del Partido Popular. Pero a fin de reafirmar esa sospecha o bien para rectificarla, es urgente una investigación seria, completa e independiente que depure las responsabilidades políticas y castigue a quienes rompieron la legalidad y el Estado de Derecho en aquellos penosos días.
Para el bien de la democracia en España, es imperativo que el pueblo soberano conozca la realidad, analice los datos y no viva de algunas especulaciones que en los últimos dos meses se vienen añadiendo sobre lo ocurrido en esos días. Una de ellas ha resucitado el viejo e injusto mito franquista del contubernio judeo-masónico, por el que se acusaba a la Masonería de todos los males pasados, presentes y futuros de España. En los foros y diálogos de la actual prensa española y aun en algunas tertulias radiofónicas se viene sugiriendo una suerte de conspiración masónica encaminada a favorecer la victoria electoral socialista el 14-M. Estas acusaciones contra la Masonería resultan a día de hoy injustas y suponen una vuelta al falso mito del complot judeo-masónico. En las logias masónicas, que son los lugares donde se reunen en fraternidad los hermanos masones, se estudia y se habla de casi todo excepto de política y religión. Eso no significa que en ciertos momentos la vida política de un país haya tenido a masones dedicados profesionalmente a la política. En España eso es lo que ocurrió a fin de siglo con el primer ministro, el liberal Práxedes Mateo Sagasta, por ejemplo, y luego en la Segunda República con varios ministros que fueron masones, como el mismo Manuel Azaña. No es ningún misterio. Pero pese a quien pese, los verdaderos liberales y los auténticos masones compartieron y comparten el mismo ideal de la defensa de la libertad. Así se explica que en el país del planeta donde más se cumple el ideario liberal, o sea en Estados Unidos, más se respeta, más se acepta y más se valora la Masonería llegando ésta a ser altamente valorada y respetada. Masones han sido quince presidentes de los Estados Unidos, entre ellos George Washington. Masón fue también Winston Churchill. Masones fueron Mozart, Ramón y Cajal, Rubén Darío, Antonio Machado o José Ortega y Gasset. Masones hubo hasta en la luna, como Neil Armstrong, y en el cine como Cantinflas o John Wayne. Al igual que cualquier otro grupo humano, hubo masones mejores y peores.
La historia de la Masonería y su importancia pasada y actual en el mundo está llena de maldicientes y charlatanes. No es este el lugar para detallar en profundidad qué es la Masonería. Existe amplísima bibliografía sobre el tema y cualquiera puede contactar con las Logias del mundo. Son públicos sus teléfonos, direcciones y páginas de Internet, incluida la de la Gran Logia de España (cuya web contiene la bandera de España con un crespón negro). En la Universidad de Zaragoza existe incluso un Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española. Aunque no es correcto hablar unívocamente de la Masonería, sí lo es decir que ésta no es una mafia político-social, tampoco es un partido político, ni un ritual satánico, ni una reunión de ricos, ni una sede de fanáticos. Tampoco es una religión, ni una secta, y ni siquiera es una sociedad secreta. Tiene como base la agrupación de hombres libres que buscan la libertad y la fraternidad en todos los órdenes de la vida. Precisamente por su talante liberal y su rechazo al totalitarismo, la Masonería ha sido siempre perseguida por todas las dictaduras, desde el comunismo hasta el fascismo (Stalin, Hitler, Franco, Mussolini). Hay masones de derechas y de izquierdas, monárquicos y republicanos, socialistas y liberales conservadores, católicos y judíos. Hay masones en el Partido Popular y también en el Partido Socialista. Y lo mismo en otros partidos. Por eso resultan tan cansinos algunos comentarios en los medios de comunicación contra la Masonería, politizando lo que en su base no es una fraternidad política.
La Masonería tiene hoy más de cinco millones de miembros en todo el mundo aunque en España no pasen de los tres mil miembros. Por el desprecio que el catolicismo ha tenido siempre hacia ella, la Masonería ha sido siempre tema tabú y bastante desconocido hasta el punto de que algunos historiadores persisten en atacarla. Como nunca responde a los ataques que recibe, la Masonería es un recurso fácil sobre el que echar la culpa de todo lo malo, tanto en el ámbito político, como en el religioso, el social y aun el histórico. Entre los masones, como en cualquier otra hermandad humana, incluida la Iglesia Católica, hubo y hay hombres de todo talante y pudo y puede haber quienes se equivocaron y cometieron errores. Por eso, esgrimir una conspiración masónica en torno a los recientes y lamentables hechos ocurridos en España no resulta ni justo ni necesario. Sobran también las calificaciones al socialismo como partido con oropeles masónicos. Sobran los ataques a políticos, sean de la filiación que sean, por su condición de masones. En plena democracia, volver al contubernio judeo-masónico es un error. Lo es también, desde el lado opuesto, seguir recordando dictaduras viejas y acabadas. La razón de la democracia está en que cada uno actúe en libertad respetando, a su vez, la libertad de los demás. Atacar a la Masonería resulta hoy una falsedad, un volver a la intransigencia y al totalitarismo que acabó con la vida de cientos de miles de hombres sólo por ser eso: libres y masones.