Dependencia intelectual y afectiva

 Cuento mi caso y así nadie puede quejarse de que desvelo lo que no debía.  Vivía Franco y yo hacía mi tesis doctoral sobre el poeta y crítico, muerto en el exilio en Méjico en 1944, Enrique Díez-Canedo.   Cuando empecé mi trabajo de investigación sobre Díez-Canedo no sabía, ni había leído nada de él, pero pronto todo lo suyo empezó a fascinarme. Me pasaba el día buscando noticias acerca de tal o cual escritor que Canedo citaba en sus Conversaciones Literarias, por poner un ejemplo. Saber de su trayectoria personal y de sus inquietudes intelectuales se convirtió para mí en casi una obsesión.

Y de la obsesión pasé a identificarme con lo suyo. Azaña, por ejemplo, me parecía genial porque era su amigo. De Ortega y Gasset tenía ciertas reservas porque no era especialmente de los íntimos de Azaña, y, por lo tanto, de Díez-Canedo. Los republicanos, León Felipe y Max Aub, me parecieron estupendos. La revista Litoral un modelo de perfección de revistas. Todos los españoles que se exiliaron a Méjico, unos auténticos caballeros, modelos de honestidad y humanidad. Me hice con una colección de artículos publicados anónimos en La Cena de las Burlas porque, según Paulino Masip, eran, casi todos, escritos de Canedo.
         Y no sigo con más ejemplos, ya está claro.
         Llegó el momento en el que mi director de tesis me llamó la atención y me dijo que no estaba siendo objetivo, que estaba sustituyendo juicios críticos razonados y razonables por  otros de tipo afectivo. Tuve que rectificar porque aquello no iba a salir una investigación seria, pero me costó hacerlo.
         Sé de otras muchas personas a las que les ha ocurrido lo que a mí. Parece algo normal. Lo anormal es estudiar algo o a alguien y que este “algo” o “alguien” no deje un poso intelectual, una impronta en el estudioso.
         Y aquí va el caso de Rodríguez Zapatero, según cuenta Jorge de Esteban en El Mundo, 30, 1, 06. Según se dice, el Sr. Rodríguez, en su tesina, Un modelo de autonomía política: Castilla y León, analizaba la jurisprudencia existente sobre el Estado de las autonomías y escribía así el Sr. Rodríguez:
         “El tribunal Constitucional ha definido con lucidez el significado de la autonomía como poder limitado: “Ante todo –dice el tribunal- autonomía no es soberanía, por lo que en ningún caso el principio de autonomía puede oponerse al de unidad dado que cada organización territorial es una parte del todo”.”
         Repetimos lo suyo:
         1.- “Autonomía no es soberanía.”
         2.- “En ningún caso el principio de autonomía puede oponerse al de unidad.”
         3.- “Cada organización territorial es una parte del todo”.
 
         Ahora el Sr. Rodríguez es el presidente del gobierno de España y, vamos a decirlo groseramente, se cisca en todos estos principios jurídicos, lógicos, intelectuales y de jurisprudencia sobre el asunto.
         El Sr. Rodríguez es un traidor a sí mismo.
         El Sr. Rodríguez derriba lo que juró defender como presidente.
         Y el Sr. Rodríguez, en contra de lo que sucede a los estudiosos, como habíamos visto, hace tabla rasa para guiarse por sus intereses y ambiciones: la piscina climatizada para Sonsoles en La Moncloa.
         ¿Se entiende de otro modo el corte de manga que le dio a Carod Rovira?
         Tenemos un presidente al que le importa un bledo España y que no es fiel a nada ni a nadie; no lo es ni a él mismo.
 
 
         Nota. Prefiero Carod a Mas. Lo puedo discutir con quien se preste; o escribir al respecto.