Menú |
EROS Y TÁNATOS
Quienes carecen del remedio anestésico para adormecer los escrúpulos éticos o sentimentales ante el imperativo sacrificial no aspiren a entrar en la cofradía de los salvadores de la humanidad. Les falta la disposición adecuada para justificar que la sociedad esté siempre por encima del individuo, y que la persona sea simple y despreciable abstracción burguesa, por contraposición a la realísima consistencia del “pueblo”. Pero el pensamiento cristiano, y también su retoño político, el liberalismo, piensan justamente al revés. Para el cristianismo, la persona ocupa el centro de todas sus preocupaciones, ya que, como es sabido, la filiación humana con respecto a Dios convierte a todos los hombres en hermanos y, por tanto, acreedores de la igualdad y el respeto más absolutos. El liberalismo, a su vez, prefiere tratar los problemas sociales de acuerdo con una metodología individualista, y niega toda consistencia a la “sociedad” o a los “hechos sociales”, tal y como los plasmó hace más de un siglo Émile Durkheim, que llegó a concebirlos como “cosas” (Durkheim era socialista). ¿Qué criterio sigue el socialismo histórico para “seleccionar” a los que han de morir sacrificialmente, en favor de los que se salvarán en la futura sociedad igualitaria y feliz? El método, en principio, es sencillo. En primer lugar, los enemigos políticos más refractarios, aquellos que se resistieron al cambio e, incluso, lo combatieron. Después, una porción, todo lo grande que sea necesaria, del pueblo. A los refractarios se les elimina porque son irrecuperables y porque tienden a defenderse de la revolución; y al pueblo porque necesita ser “convertido” a los nuevos tiempos: habituados a la inercia de la dominación capitalista, al principio sólo cabe reeducarles mediante el terror ejemplarizante. Esto sin olvidar que el pueblo, por muy pueblo que sea, si no entra por el aro con suficiente docilidad, se convierte en reo aniquilable, en nombre del sagrado valor superior del socialismo. Teóricamente, nada impide la liquidación total del pueblo, pues parece evidente que si este sintiera la improbable inclinación a resistirse, debería ser tratado implacablemente como contrarrevolucionario, máximo pecado concebible en el socialismo. Así que, como hipótesis, es concebible que, al final, solo se “salvaran” los propios socialistas, y no quedaran más que ellos. Pero la historia muestra que ni siquiera su afán justiciero se detendría aquí, pues los hemos visto combatirse unos a otros hasta la muerte en múltiples ocasiones históricas. Bref: el socialismo es una ideología mortuoria. Hay en esta secta un fortísimo resorte, pulsión tanática que les impulsa a la “superación” de la imperfecta sociedad actual mediante la violencia revolucionaria. Encontramos en el imaginario socialista una especie de inclinación a la destrucción purgativa, de la que ni ellos mismos suelen librarse. El liberalismo, conocedor de esa constante maligna a través de la historia, se sitúa en el otro extremo: hay que arbitrar mecanismos de convivencia para que no nos destruyamos unos a otros, y no soluciones totalitarias de todo o nada. Su pesimismo –metodológico, no doctrinal, que eso queda para la conciencia personal—persigue alcanzar la paz mediante la tolerancia, el respeto a las leyes y la defensa de la libertad. Hace bastantes años, Fernando Arrabal escribió un memorable artículo para el diario ABC. Entre otras cosas, se declaraba devoto de Santa Teresa de Jesús. Y confesaba su espanto ante una ideología anticristiana –el socialismo-- que, para liberar a los hombres, primero los hacía pasar, en infinitos racimos, por debajo de la cuchilla redentora. No se olvide que el socialismo, por encima de todas sus variantes coyunturales o estratégicas, es uno, y que si hoy lo vemos “adormecido” con respecto a su programa máximo, debido que tiene que superar el obstáculo de la democracia o la resistencia de la gente, celosa de su libertad, no por eso dejará de laborar para alcanzar sus irrenunciables fines. En España parece que están pisando el acelerador a fondo. Confiemos en que el vehículo que conducen se salga de la pista. Entretanto, conviene que los amigos de la libertad vayamos teniendo clara la opción que queremos defender.
Así, pues, entre el Eros liberal y el Tánatos socialista, que cada cual elija lo que prefiera: si eres liberal, permitirás que alguien se incline por el socialismo; si eres socialista, impedirás que alguien se haga liberal.
By Marcos S. Álvarez at 12 Feb 2005 - 12:55 | Piensa en Liberal | visto 2390 veces
|