El 'yo' en la balanza

Sello dedicado a Rand por el servicio postal de los EEUU en 1999"He destruido el monstruo que gravitaba como una negra nube sobre la tierra y ocultaba el sol a los hombres. El monstruo que estaba sentado en un trono, con cadenas en las manos, los pies sobre el pecho de un hombre, y se alimentaba con la sangre del libre espíritu humano. El monstruo de la palabra ‘Nosotros’.”

¡Vivir!, Ayn Rand; Barcelona, 1946

Hoy se cumplen cien años del nacimiento en San Petersburgo de Alissa Zinovievna Rosenbaum, más conocida por Ayn Rand, nombre que adoptó tras abandonar la Unión Soviética para instalarse en los Estados Unidos.

Fue allí donde  desarrolló con éxito su labor como novelista   (Los que vivimos, 1933, El Manantial, 1943, La Rebelión de Atlas, 1957) y estableció las bases filosóficas del Objetivismo, teoría que intentaba fundamentar el capitalismo y el individualismo y cuyos principios definía ella misma en 1967:

Metafísica: Realidad objetiva. La existencia de la realidad exterior con independencia de la conciencia del hombre.

Epistemología: La Razón, como único medio para la comprensión de la realidad.

Ética: Interés propio. El objetivismo entiende al hombre como un fin en sí mismo y no un medio para los demás.

Política: Capitalismo, entendido como el único sistema que elimina de las relaciones humanas el recurso a la fuerza física en beneficio del libre comercio entre individuos y la defensa de la propiedad individual.

Estética: Romanticismo.

 

Su influencia  en el liberalismo, más allá del grado de aceptación de su filosofía objetivista, viene por la defensa que hace del  individuo en cada una de sus obras, como vehículo para la obtención de la libertad y las mejoras generales, y por la oposición a cualquier forma de colectivismo que impida el desarrollo libre de la persona:

“Una sociedad que roba al individuo el producto de su esfuerzo, o lo esclaviza, o pretende limitar la libertad de su mente, o le obliga a actuar en contra de su juicio personal una sociedad que establece un conflicto entre sus leyes y los requerimientos de la naturaleza del hombre no es, hablando estrictamente, una sociedad, sino una chusma unida por leyes de pandilla institucionalizada.

Tal sociedad destruye todos los valores de la coexistencia humana, no tiene justificación posible y representa, no una fuente de beneficio, sino la amenaza más mortal incomparablemente a la supervivencia del hombre. La vida en una isla desierta, es más segura y preferible a la existencia en la Rusia soviética o en la Alemania nazi.

Si los hombres han de vivir juntos en una sociedad pacífica, productiva y racional, y tratar uno con el otro para beneficio mutuo, tienen que aceptar el principio básico social, sin el cual no es posible una sociedad moral o civilizada: el principio de los derechos individuales.

Reconocer los derechos individuales significa reconocer y aceptar las condiciones que requiere el hombre por su naturaleza para sobrevivir adecuadamente.”

Sobre la naturaleza de un gobierno, Ayn Rand.

"Nos dijeron que formábamos una gran familia, que todos participábamos en la empresa juntos, pero no todos trabajábamos ante la luz de acetileno diez horas diarias, ni padecíamos a la vez un dolor de vientre. ¿Cómo establecer, de un modo exacto, la capacidad de unos y las necesidades de otros? Cuando todo se hace en común, no es posible permitir que cualquiera decida sobre sus propias necesidades, ¿verdad? Si lo hace, pronto acabará pidiendo un yate, y si sus sentimientos son los únicos valores en que podemos basarnos, nos demostrará que es cierto. ¿Por qué no? Si no tengo derecho a tener un auto, hasta que caiga en una sala de hospital por haber trabajado para proporcionarle un coche a cada holgazán y a cada salvaje del mundo, ¿por qué no puede exigirme también un yate, si aún sigo de pie, si no he colapsado? ¿No? ¿Por qué no? Y entonces, ¿por qué no exigirme también que prescinda de la crema de mi café, hasta que él haya podido pintar su habitación...? ¡Oh, bien!...

 Acabamos decidiendo que nadie tenía derecho a juzgar sus propias necesidades o sus propias convicciones, y que era mejor votar sobre ello. Sí, señora, votábamos en una reunión pública que se celebraba dos veces al año. ¿De qué otro modo podíamos hacerlo? ¿Imagina lo que sucedía en semejantes reuniones? Bastó una sola para descubrir que nos habíamos convertido en mendigos, en unos mendigos de mala muerte, gimientes y llorones, ya que nadie podía reclamar su salario como una ganancia lícita, nadie tenía derechos ni sueldos, su trabajo no le pertenecía sino que pertenecía a ‘la familia’, mientras que ésta nada le debía a cambio y lo único que podía reclamarle eran sus propias ‘necesidades’, es decir, suplicar en público un alivio a las mismas, como cualquier pobre cuando detalla sus preocupaciones y miserias, desde los pantalones remendados al resfriado de su mujer, esperando que ‘la familia’ le arrojara una limosna. Tenía que declarar sus miserias, porque eran las miserias y no el trabajo lo que se había convertido en la moneda de aquel reino, así que se convirtió en una competencia de seis mil pordioseros, en la que cada uno reclamaba que su necesidad eran peor que la de sus hermanos. ¿Qué otra cosa podíamos hacer? ¿Quiere saber lo que ocurrió? ¿Quiere saber quiénes mantuvieron la calma, sintiendo vergüenza y quiénes se aprovecharon de la situación?”

Fragmento de La rebelión de Atlas, Aynd Rand.

Hoy es innegable la influencia de Rand en intelectuales y políticos de todo el mundo. Sus libros continúan siendo éxitos de ventas e incluso en su Rusia natal, sus textos son de lectura obligatoria en los planes de estudio de bachillerato. Falleció en 1982, en Nueva York, a los 77 años.